Conclusión Preguntar “¿quién mató a la llamita blanca?” es un ejercicio que va más allá de buscar un culpable concreto: obliga a mirar las condiciones que permiten la violencia y la desatención. La respuesta más completa reconoce tanto al agente inmediato como a las estructuras que facilitaron el daño, e insta a transformar esas condiciones mediante justicia, reparación y cuidado comunitario. Solo así se puede honrar la memoria de lo perdido y reducir la probabilidad de que vuelva a ocurrir.

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